21 dic. 2010

Irán censura a dos cineastas opositores


Hay ciertas cosas que nos hacen ver bueno lo que considerábamos malo. Durante estos días el Congreso estudia aprobar o no la llamada "Ley Sinde", la propuesta de la ministra Ángeles González-Sinde (guionista de Mentiras y Gordas, extraordinario film -ironía-) que permitiría al gobierno, amparado en el poder judicial, cerrar las páginas de Internet que atenten contra la propiedad intelectual. Es evidente la necesidad de proteger la propiedad intelectual de toda obra; pero su medida, cuanto menos, es intervencionista y de censura.

Pero toda esta polémica y lo que supondría un recorte de libertades parecen nimias si lo comparamos con acciones realmente represoras, como la que se está viviendo en Irán (ese país plural y demócrata, amablemente gobernado por los ayatolás -ironía-). Los idólatras de Hugo Chávez, Ahmadineyad, Fidel Castro o el mítico genocida Che Guevara entenderán las medidas restrictivas del regimen iraní, pero yo, no.

Esta vez le ha tocado al cine: como hoy publican los medios, el ganador del León de Oro del Festival de Venecia en 2000 (El Círculo), Jafar Panahi, ha sido condenado a seis años de prisión y se le prohíbe hacer cine, escribir guiones o viajar al extranjero en los próximos veinte años. Ahí es nada. Al realizador, de cincuenta años, se le acusa de conspiración y propaganda contra el gobierno de Irán. Meses atrás, ya había sido detenido por la justicia (¿?) iraní acusado de preparar una película sobre el movimiento opositor verde, y arrestado durante 80 días, en los cuales hubo lugar para una huelga de hambre y amenazas a su familia."Juzgarme es juzgar al conjunto del cine comprometido, social y humanitario iraní; el cine que tiene la intención de situarse por encima del bien y del mal, el cine que no juzga y que no se pone al servicio del poder y del dinero, sino que hace lo posible para dar una imagen realista de la sociedad", ha explicado Panahi al diario francés Le Monde.

La justicia iraní también ha condenado, con la misma sentencia y los mismos cargos, al joven realizador Mohammad Rasoulof. Ambos pertenecen a la nueva ola de cineastas iraníes, que no lo tienen precisamente fácil en un país donde la represión está a la orden del día (ya se pudo comprobar hace dos años, con el casi seguro amaño de las elecciones y las revueltas populares).

El cine francés ya se ha movilizado frente a este atropello de las libertades y de la cultura y ha habilitado una web donde cualquier persona puede mostrar su apoyo a los cineastas. No sé qué clase de validez legal tiene, pero al menos demuestra el rechazo hacia este tipo de medidas dictatoriales que tanto gustan a Ahmadineyad y a su amiguito Chávez.

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