23 feb 2016

La mujer borrada



Al principio la quería tal como era. Con su humor inocente, sus cejas pobladas, sus labios carnosos y sus manos alegres. La había conocido en un lugar cualquiera de una ciudad cualquiera, en el que ella brillaba con luz propia. A los pocos segundos de intercambiar miradas, ya podían oírse las sonoras carcajadas de ella y la cavernosa voz de él. El sonido lineal de la voz del hombre, como una nota musical repetida, encajaba armoniosamente con los vaivenes, los agudos y los rizos sonoros de ella. Su nombre, sus ojos, sus dientes, sus pómulos, su cabello, sus orejas, sus brazos, sus pechos; toda ella parecía hecha para completarlo a él.

Pronto se fueron a vivir juntos. Poco después la voz lineal y cavernosa del hombre dio paso a otra impetuosa y ronca. Empezaron a escucharse gritos. Y los gritos acabaron por ahogar cualquier posible carcajada de ella.

-No me gusta tu risa- le dijo un día él a ella. Desde aquel momento no volvió a escuchársele reír.
-No me gusta ese corte de pelo- musitó cabreado otro día. Y su cabello desapareció.
-No me gustan tus labios- gritó un tercer día. Y los labios rojizos de ella desaparecieron de su cara.
-No me gusta tu mirada- exclamó un cuarto día. Y los ojos negros y vivos de la mujer desaparecieron de sus cuencas.
-No me gustan tus manos, ni tus brazos, ni tu pecho- regañó entre dientes el hombre. Y la mujer se quedó sin manos, sin brazos, sin pecho.
-No quiero ver tu nariz, ni tu barriga, ni tus piernas-.Y la silueta de la mujer se fue evaporando.
-No me gusta nada de ti.

Pero ya no quedaba nada de ella. Ella había desaparecido. No había ella, ni ellos, ni risa, ni llanto, ni frío, ni calor. Se había borrado. Ya no existía.

1 feb 2016

Al final crecimos



Recuerdo una noche, hará veintidós o veintitrés años, en la que, inspirado por la mítica Pipi Calzaslargas (esa niña que se negaba a crecer), cogí dos lentejas (duras) y le dije a mi hermana que nos las tomáramos. Que eran pastillas mágicas para seguir siendo niños siempre, aunque creciéramos físicamente. A oscuras, en mi pequeña habitación del piso donde crecí, nos las tomamos.

Obviamente, no surtieron efecto. Mi hermana tiene ahora 32 años y yo casi 29. Aunque me esforzara en creer en la magia, aquellas lentejas no estaban encantadas. O quizás sí. Porque a veces me pregunto si aquel conjuro ha funcionado y sigo siendo –o queriendo ser- un niño en un cuerpo de adulto. O si, simplemente, lo que he sentido todos estos años y seguramente creeré toda la vida, es que sigo sin saber cómo ser adulto. En el colegio nos enseñaban matemáticas, lenguas, historia, ciencias naturales. Pero nadie nos dio lecciones para saber crecer. 

Nadie nos dijo que disfrutáramos de aquellos momentos porque se avecinarían otros más difíciles. Que nos tendríamos que adaptar mental y físicamente a un mundo nada fácil (pese a que vivamos en una parte de él en la que las cosas están mucho mejor que en otras). Nadie nos habló de la dificultad para hacerse un hueco en el mercado laboral; tampoco nos dijeron que tuviéramos cuidado con no hacer daño y evitar que nos lo hagan en las relaciones personales. Ni siquiera nos advirtieron de que los sueños no siempre se cumplen, y que un mismo destino puede tener cientos de carreteras. O que las personas tienen mil caras y no siempre te mostrarán las más amables.

Nadie nos enseña a hacernos mayores. Quizás porque no haya mejor forma de aprender que enfrentarnos nosotros mismos a esa constante evolución. A caer y a levantarnos, a cumplir las expectativas que la sociedad tiene en nosotros y a ocupar nuestro hueco en un mundo que se enorgullece de ser adulto. Puede que no nos enseñen, simplemente, porque el resto de la gente tampoco sabe cómo hacerlo, aunque finjan lo contrario.

Sigo sin saber si la lenteja mágica para ser siempre un niño funcionó finalmente o no. Es muy posible que el niño de aquella noche siga aquí, escribiendo ahora mismo, con el aprendizaje de estos años y frente a un horizonte en el que deberé seguir aprendiendo a actuar como el adulto que mi DNI dice que soy. Tanto conmigo mismo como con mi entorno. Quizás eso sea crecer, o sólo disimular.

25 ene 2016

¿Nos conocemos?

A menudo se dice que el hombre –y la mujer- contemporáneo tiene tanto miedo a la muerte que prefiere pasar la vida mirando a otro lado, fingiendo que ésta nunca va a llegar, o que falta tanto tiempo que no hay por qué pensar en ella. Es cierto. Pero no parece que se trate de un mecanismo utilizado sólo para esquivar la sombra fría y oscura de la muerte, sino a veces, incluso, de la vida, de nosotros mismos.

He estado leyendo sobre Internet, redes sociales y relaciones humanas y me ha surgido la siguiente duda: ¿utilizamos las redes sociales, los Smart-phones e Internet en general para proyectar nuestra imagen constantemente y evitar así cualquier introspectiva sobre nosotros mismos, o sobre lo que nos rodea? Recientemente –no sé si sigue en antena- Vodafone lanzó un anuncio televisivo que refleja bien lo que planteo: una chica joven viaja en tren, en un trayecto largo, y se plantea las horas que le quedan por delante como un tiempo para reflexionar sobre la vida y sobre sí misma para, a los pocos segundos, mandar lejos esa idea aburrida, coger su móvil y distraerse con algún contenido de Internet.



¿Cuántas veces hemos hecho eso? ¿Cuántas veces nos evadimos de cualquier problema a base de dedazos inútiles sobre nuestro móvil, de publicar fotos en las que salimos estupendos en Instagram, likear frenéticamente a nuestros amigos de Facebook, escribir infinitos jajajaja a algún amigo de WhatsApp o actualizar el timeline de Twitter buscando algún tuit gracioso que retuitear? Es más, ¿cuántas veces hemos preferido repasar las fotos de nuestra galería o hacer limpieza de aplicaciones antes que mirar hacia nuestro alrededor, a través de la ventana o, simplemente, pensar en algo que realmente está sucediendo en nuestra vida?

La frontera entre lo virtual y lo real parece estar evaporándose, y como resultado –aparte de muchas otras cosas positivas- avanzamos hacia un fenómeno extraño: rellenamos los huecos de nuestras vidas con virtualidades, como quien solventa los momentos de silencio con el sonido de una radio que ni escucha, o como quien disimula sus arrugas con el mejor maquillaje.

¿Puede deberse, en algún caso, a que no sentimos interés por nosotros mismos o, incluso, nos cuesta analizarnos como seres en un mundo real, saber cómo somos, asumir defectos y valorar virtudes? ¿Resulta tan incómodo estar en silencio y soledad con uno mismo, como es el hecho de permanecer sentado a la misma mesa con un extraño sin nada de qué hablar? 

24 ene 2016

Sí, soy soso



¿Alguna vez os han repetido tanto algo que al final os lo habéis acabado creyendo? Supongo que sí. Algo parecido me ha ocurrido a mí con una característica que he acabado por asumir como propia: la de ser soso. Quienes me conocen bien (que no es tanta gente) siempre me han dicho que no, que no soy soso, que se puede mantener una conversación de cualquier tema conmigo, que quizás muchos no sepan captar mi humor irónico y serio, y que no me lo crea más. Pero no voy a dejar de creérmelo; mejor aún, voy a darle la vuelta a ese adjetivo y convertirlo en algo positivo.

Porque sí, soy soso. Soy soso porque me gusta la tranquilidad, hacer las cosas poco a poco, sin aspavientos, con la intensidad necesaria para cada objetivo y con realismo frente a ilusiones. Soy soso porque me gusta quedarme con lo bueno, con lo útil, con lo aprendido, y no pensar en lo que me falta, en las consecuencias negativas, en las dudas venideras. Soy soso porque me gusta la discreción, hacerme notar cuando es necesario, pasar desapercibido cuando también lo es e intentar llevarme bien con todo aquél que merece mínimamente la pena. Soy soso porque me gusta la estabilidad, tener un estado de humor similar en todo momento, sin dramas innecesarios ni euforias efervescentes. Soy soso porque no me atormenta el futuro ni tampoco el pasado, porque duermo muy bien. Y soy soso, finalmente, porque aunque no oculte mis inseguridades, en el fondo me encanta ser como soy.

Así que sí, soy soso, pero no porque me falte sal, sino porque no abuso de ella; porque, quizás al contrario que la mayoría de la gente, prefiero que el plato tenga una pizca menos de sabor pero disfrutar más de la esencia propia de sus ingredientes. Y, de paso, cuidar mi corazón para que aguante mucho más. 

22 ene 2016

RESTART

No sé qué me ha pasado estos años. Quizás he perdido algo de inspiración; quizás las redes sociales como Facebook y Twitter han sustituido al blog como forma de expresarme; o quizás tampoco he ido muy sobrado de tiempo para redactar entradas con algo de sustancia, fuentes y posible interés. Pero lo cierto es que he tenido este blog, mi querido blog de la carrera y de más allá, muy abandonado. Así que a partir de ahora me propongo a mí mismo, cómo propósito de 2016 y de los años que vengan, seguir escribiendo aquí artículos de todo tipo. Desde mis humildes análisis de la realidad, como mis extrañas divagaciones sobre la vida y la muerte. Un nuevo comienzo. Un despertar de la fuerza (sí, era necesaria alguna referencia a Star Wars).

¡Nos vamos leyendo! :)


8 abr 2015

Sufro, luego vivo


“Si sufrimos es porque estamos vivos”. Eso me dijo una amiga, con más razón que una santa, en uno de esos días oscuros en los que sólo te animan palabras cálidas y, en mi caso, algún que otro bombón de los que hicieron conmigo el camino de ida y vuelta a un oeste de ilusiones pasajeras. Y, desde entonces, he intentado convertir esa frase, esa filosofía, en algo positivo. Las últimas semanas han tenido más días grises que claros para mí: el proyecto al que dedico la mayor parte de horas de mi vigilia parece desmoronarse como un castillo de naipes, y no precisamente por los de la base –colocados con esmero día y noche, bien encajados- sino por la cima. Pero incluso de esos días sombríos estoy extrayendo lecciones positivas. La primera, como decía mi amiga, que estoy vivo. Más que nunca. En el último año y medio, desde que vine a vivir a Madrid, he reído, he llorado, he querido, me he ilusionado, me he decepcionado. Pero todo lo he vivido yo, como adulto, como ser independiente iniciando un nuevo camino. Y ningún camino es fácil, ni eterno. La segunda, que no hay días oscuros si te rodeas de personas que los iluminan. Personas que aparecen donde menos te lo esperas: en un despacho, en una cena o en la tercera planta de tu día a día. Y se vuelven imprescindibles, partes de ti. Y la tercera, el valor del trabajo. Como dijo el periodista y político Marat, “no existe el fracaso, salvo cuando dejamos de esforzarnos”. Y en ese castillo de naipes a punto de desplomarse me he encontrado a los mejores ingenieros; a los que, hasta el final, mantendrán las cartas de la base firmes e intactas, a base de sacrificio y convicción.

No sé dónde estaré dentro de dos meses. Lo que sí sé es que seguiré vivo, rodeado de quienes iluminan mi día a día y a quienes intento iluminárselo, y con el esfuerzo y la ilusión como banderas para seguir mi camino. De todo se aprende.

18 ene 2014

Madrid



Cuánto han cambiado las cosas desde que escribiera mi última entrada en este blog, sobre la 'Generación Perdida'. Desde julio hasta ahora la vida me ha cambiado bastante y, sobre todo, a mejor. De ese negativismo que desprendía hablando de los cientos de miles de jóvenes que han tenido que abandonar España para encontrar un trabajo, ahora puedo escribir desde la enorme satisfacción que da poder decir que tengo un trabajo, uno en el que puedo poner en práctica aquello para lo que me he formado durante años. Y, como guinda, un puesto que me ha dado la oportunidad de vivir en una ciudad como Alcobendas, al ladito de Madrid.

Desde que empezara la carrera, hace más de 9 años (que se dice pronto), tenía clara que el futuro de la ya de por sí deteriorada profesión de periodista en este país estaba en Madrid y, como mucho, en Barcelona. Recuerdo también cómo mirando la resplandeciente Gran Vía desde la azotea del Círculo de Bellas Artes me prometí a mí mismo que algún día llegaría a Madrid para quedarme. Y así ha sido. 

Me apasiona esta ciudad. No será ni la más bonita del mundo, ni la más sofisticada, ni la más colorida, pero tiene algo que habría que valorar por encima de muchas cosas: la acogida. Muchas veces se ha dicho que nadie en Madrid es de Madrid pero, al contrario, me atrevería a decir que todos en Madrid somos de Madrid, si así queremos sentirlo. A muchos extranjeros, quienes comparan la modernidad de Barcelona con el casticismo de Madrid, les he intentado hacer saber que a cosmopolita ninguna ciudad gana a Madrid. 

Siento a Barcelona como mía, pero lo cierto es que una ciudad (y por ende, toda una región) en la que se sigue distinguiendo entre apellidos auténticamente catalanes o mesetarios, en la que muchos hijos de los inmigrantes andaluces, extremeños y del resto de España se sienten cuanto menos avergonzados de sus orígenes y se empeñan en demostrar un catalanismo mayor que el de los catalanes 'de tota la vida', no puede alzarse como ejemplo de cosmopolitismo nacional. 

En Madrid nadie tiene problema en recordar que su familia procede de Jaén, de Murcia, de Galicia o de La Mancha. Unos orígenes que en absoluto chocan con el hecho de sentirse auténticamente madrileños. Igual que no es excluyente sentirse catalán y español o de Villarriba y europeo. El sentimiento de arraigo no depende sólo del tiempo, sino de aquellas personas con las que empieces a echar raíces. Por eso quizás todavía sea pronto para afirmar que me siento madrileño (sin dejar de sentirme catalán, andaluz, español y europeo); pero estoy seguro de que, si todo sigue como hasta ahora (crucemos los dedos y sigamos trabajando), lo podré hacer. 


18 jul 2013

La Generación Perdida

Vuelvo a escribir en este blog desde hace más de cuatro meses. No es que no hayan faltado temas, experiencias o cosas que contar, sino que, por alguna razón, no tenía la inspiración suficiente para hacerlo. Sigo sin tenerla; sin embargo, me daba pena seguir teniendo abandonado el blog en el que llevo escribiendo -aunque de forma intermitente, como el Guadiana- desde 2009. Así que esta vez lo hago trayendo las conclusiones de un trabajo que elaboré para el máster en Estudios Europeos el verano pasado y que, desgraciadamente, no ha perdido en absoluto vigor. Se trata de un estudio sobre la llamada "generación perdida", aquella parte de la población española que desde el estallido de la crisis y a día de hoy sigue protagonizando la denominada "fuga de cerebros" que asola a esta España nuestra. Cientos de miles de jóvenes nos vemos arrastrados, cada vez con más fuerza, a la emigración. Ni licenciaturas, ni másteres, ni formación profesional ni diplomas de inglés nos ayudan a encontrar un trabajo digno y estable en el país que nos vio nacer. No es que tenga especial obsesión por vivir todos y cada uno de mis días en España -al contrario, creo que todo individuo necesita pasar algún período de su vida en el extranjero para madurar- pero me indigna que la emigración haya dejado de ser una alternativa para ser la solución.

En efecto, España asiste actualmente un fenómeno de emigración cada vez más masiva de personal altamente cualificado, en el cual el Estado ha invertido grandes cantidades que van a ser amortizadas en otros países. Un fenómeno que, lejos de responder a esquemas sencillos, cada vez gana en complejidad. Para empezar, porque el caso español rompe con la visión clásica de emigrantes de países subdesarrollados que se dirigen a potencias industriales. En nuestro caso, tenemos un país con un índice de desarrollo muy alto según indicadores internacionales, que se muestra no obstante incapaz de absorber el alto porcentaje de titulados y que atraviesa una crisis económica muy severa, manifestada especialmente en los índices de desempleo más altos de la Unión Europea. Se trataría, por tanto, de un fenómeno asociado a la crisis económica de un país del primer mundo y que, aparentemente, se reducirá a medida que la economía se recupere.

En contraste con anteriores oleadas emigratorias, la actual está protagonizada por jóvenes de entre 25 y 35 años, formados y que aspiran a encontrar un trabajo (algo difícil en España) a través del cual poder evolucionar y que garantice unas mejores condiciones de vida de las que pueden encontrarse en su país. Entre los países de destino más frecuentes destacan las economías más avanzdas del continente, como Alemania, Francia, Reino Unido o Noruega, además de economías en auge como Polonia o República Checa. Todos estos países requiere de perfiles técnicos.

El punto más problemático del fenómeno se encuentra, no obstante, en las consecuencias de la fuga de cerebros sobre la economía española a corto y largo plazo. La visión general apunta a que en estos momentos está suponiendo un desahogo para la maltrecha economía nacional, ahogada por las cifras de desempleo, además de ofrecer oportunidades a los titulados y parados españoles, que a su vuelta habrán adquirido nuevas capacidades que a buen seguro dinamizarán y mejorarán el sistema productivo español. El problema radica, sin embargo, en que esa fuga de cerebros se haga constante en el tiempo y loe emigrados no regresen. En este caso, se perdería a toda una generación (precisamente la mejor preparada) necesaria para modernizar y hacer avanzar a la economía española, a la vez que ésta quedaría cada vez más obsoleta y más alejada de las naciones de destino.

Lo que sí queda claro es que los diferentes gobiernos que se han tenido que enfrentar a la crisis no están haciendo nada por recuperar a esos cerebros fugados; al contrario, están recortando en las partidas destinadas a educación e I+D e incluso están motivando a los jóvenes titulados a que busquen empleo en países vecinos.

6 feb 2013

¡A Praga!

 Otro 8 de febrero que voy a la búsqueda del frío centroeuropeo. Como el año pasado, un día antes de mi cumpleaños vuelo hacia el este para pasar allí tres meses. Esta vez a Praga, y no de Erasmus, sino de Hércules; es decir, prácticas profesionales en una empresa.
A dos días de la partida tengo una mezcla de sensaciones. Por una parte, me siento absolutamente afortunado por haber sido seleccionado para un programa que han solicitado miles de desempleados andaluces, que -de momento- está siendo impecablemente organizado y que, a la vuelta, mejorará considerablemente mi currículum. Además, todo sea dicho, viviré en una ciudad que, aunque sólo pude disfrutar un día, me enamoró. Pero por otra parte, y al contrario que cuando el año pasado me fui a Cracovia, no puedo dejar de sentir cierta pereza y pocas ganas de abandonar mi país y Córdoba, una ciudad que cada vez la siento más mía. Supongo que será una reacción normal, y que una vez allí seré consciente totalmente de la oportunidad que tengo. Pero de algún modo sé que ésto es un preludio de lo que me espera y lo que espera a toda una generación de españoles formados, con ganas de trabajar y a los que España no nos da demasiadas oportunidades. Por supuesto, un programa de prácticas no tiene nada que ver con la crisis y el desempleo, ya que es útil incluso en épocas de bonanza; pero poco a poco se van convirtiendo en una toma de contacto y un trampolín para abandonar el putrefacto país.
Y, en medio de todo esto, me doy cuenta de que no quiero ser uno más que abandone el barco. Prácticas, becas, estancias; todas las que vengan. Pero, aunque a veces he dicho lo contrario, cada vez tengo más claro que pertenezco a este país, con sus luces y sombras, sus virtudes y defectos pero, al fin y al cabo, mío. Y si los españoles nos negamos a sacarlo adelante, nadie lo hará por nosotros.
Por todo ello espero que mi estancia en Praga sea, cuanto menos, tan gratificante como lo fue la de Polonia, que a la vuelta venga mejor preparado y, aunque suene grandilocuente, con más ganas que nunca de trabajar en, por y para España. Un país con tanta gente y tanto talento no puede eternamente vivir en el abismo. Aunque cueste, la mejor -o, al menos, la primera- fórmula para remontar es el optimismo y la confianza. A partir de ahí, estoy seguro, este país verá otra vez la luz y sus ciudadanos podremos sentirnos orgullosos no de España, sus políticos o sus empresas, sino de nosotros mismos.

30 dic 2012

Adiós, 2012

Con la perspectiva que da el fin de un año, puedo decir que este 2012 ha sido uno de los mejores años de mi vida. Por supuesto, el brillo y la dulzura con la que recuerdo mi infancia y adolescencia hacen difícil poder decir eso del “mejor año de mi vida”, por no hablar de mi poca simpatía hacia ese tipo de clasificaciones (no tengo canción favorita, ni película preferida, ni ningún ranking de recuerdos personales). Pero sí tengo claro que ha sido un año especial. Seguramente lo que lo haya hecho más especial fueran los casi cuatro meses de Erasmus-máster en Cracovia, una experiencia vital que ha ampliado mis horizontes vitales y geográficos, me ha permitido conocer a personas maravillosas –toda una familia durante esos meses- y me ha aportado algo más de seguridad personal. No sé si mi paso por Cracovia, o simplemente la edad, me han hecho valorar más que nunca la importancia de la familia y los amigos; pero, en efecto, este 2012 también me ha servido para revalorizar viejas amistades y crear otras nuevas, y ser consciente de que eres de allá donde te sientas arraigado e integrado, independientemente de la ciudad o la patria donde vivas.
El año que acaba también me ha permitido canalizar mi visión y preocupaciones políticas en una colaboración activa en Unión, Progreso y Democracia, un partido que, desde abajo, intenta transformar y mejorar este país enfermo. Personalmente, además, me ha hecho sentir que mi carrera, Periodismo, sirve para algo más que para ver mi nombre estampado en un título oficial.  
Cosas nuevas, cosas viejas, cosas buenas, cosas no tan buenas. Todas han hecho que este año sea difícil de olvidar. Espero que el 2013 sea, al menos, tan bueno como éste y, si no es mucho pedir, lo supere.
 
 

26 jul 2012

Euroinformación

La Unión Europea no atraviesa su mejor momento; o quizás sí. Pese a la crisis económica, financiera, social y política que vive la Unión, la UE podría aprovechar la remodelación integral que va a tener que sufrir ante el peligro de caída de España e Italia para asentar sus cimientos y unificar más a la familia europea. Y en todo ese proceso, no va a faltar la información: televisiones, radios, periódicos e Internet, todos los medios estarán pendientes de los derroteros del invento de Monet y Schuman y vendrán a suplir, a su manera, el inexistente debate social que ha caracterizado a la integración europea. En un arrebato de europeísmo informativo, ayer rebusqué portales de Internet dedicados exclusivamente a la actualidad europea, que no son pocos. Aquí dejaré una lista de los que he encontrado, aparentemente independientes de los gobiernos, con contenidos propios y actualizados; seguramente son muchos más, así que iré completando la lista a medida que descubra otros portales. También espero que si alguno de los visitantes del blog - parafraseando a Lina Morgan, "agradecido y emocionado, solamente puedo decir, ¡gracias por entrar!"- conoce más páginas, las añada en un comentario. 

Sobre asuntos de la Unión Europea propiamente dicha:
- PressEurop
- Euronews
- Aquí Europa
- Euroactiv
- European Voice
- Eurotribune
- EU Observer
- Eureporter
- New Europe
- ViEUws
- Europe News
- European Daily
- EuroAlert
- EUX TV

Sobre Europa en general:
- Café Babel

Centros de investigación europea
- CVCE
- Research Europe
- Centro de Estudios Robert Schuman



22 feb 2012

Kraków


Me sorprende que no haya escrito nada desde finales de diciembre de 2011. Lo cierto es que no he tenido mucho tiempo desde entonces ni quizás demasiadas cosas sobre las que criticar y comentar. Diferente situación a la de ahora: desde el 8 de febrero y hasta mayo viviré en Cracovia, capital cultural de Polonia. Una experiencia que espero me sirva para madurar y mejorar en todos los aspectos posibles. Un país y una ciudad que, pese al desconocimiento previo, me están gustando cada día más.

6 dic 2011

En periodismo, como en política, nadie pierde

Como si de unas elecciones generales se tratara, cada vez que se publican los datos del EGM (Estudio General de Medios), todos los medios de comunicación resultan ganadores, líderes o los que mejor se mantienen. La prueba es sencilla: basta con teclear en Google Noticias "EGM" o "Estudios General de Medios". El resultado es un sinfín de noticias en las que sus emisores, ya sean radios o prensa escrita, se autoproclaman campeones y se vanaglorian de sus holgadas audiencias o liderazgos. Llamativa es la relevancia que dan los medios del maltrecho grupo Prisa (El País, Cinco Días, Cadena SER, etc.) al éxito del espacio radiofónico "Carrusel Deportivo" en la última oleada del EGM, sobre todo tras el vaivén de periodistas de la SER a la COPE y las sucesivas declaraciones de unos y otros.

Que subrayen sus triunfos y disimulen sus fracasos es algo lógico, pero ¿hasta dónde puede llegar la manipulación, entendiéndose ésta como una forma de mostrar y ocultar a su antojo, fraccionando la realidad? Las versiones de unos y otros varían razonablemente. El País, en su ejemplar del 1 de diciembre, titulaba "El País, líder absoluto de la prensa", y presumía de su "posición hegemónica" y de la "ventaja de 681.000 lectores sobre el segundo rotativo más seguido" (El Mundo). El Mundo, por su parte, publicaba ese mismo día que el suyo "es el único gran diario que gana lectores", en referencia a los "cuatro principales diarios generalistas a nivel nacional". No queda claro, pues, qué se entiende por gran diario generalista nacional: ¿entrarían en esta definición La Vanguardia y El Periódico de Catalunya, tal como parece incluir El Mundo? El diario Público, sin embargo, se autoconsidera "cuarto periódico de información generalista", obviando así a los dos rotativos catalanes de difusión nacional, y recuerda que su audiencia diaria ha crecido en 41.000 lectores. ¿No era El Mundo el único de los cuatro periódicos generalistas y nacionales que crecía en audiencia? ¿Quiénes son entonces los cuatro?
Todavía más incoherente es el hecho de que Público, en ese mismo artículo, subraya que su diario es el único que ha aumentado en número de lectores, mientras el resto ha bajado: El País un 0,47%, ABC un 12,7% y... ¡El Mundo un 3,47%! ¿Pero no era el diario de Pedro J. el único que había aumentado? ¿Quién miente? (recuerdo que sólo se puede acceder a los datos del EGM si se es asociado y, como no lo soy, tengo que fiarme de lo que dicen los medios)

Algo parecido ocurre con los diarios gratuitos. Qué! se reivindica como "el tercer periódico de información general más leído", (aunque ni El Mundo ni Público lo consideren como tal en sendas clasificaciones de diarios generalistas) si bien como publica PR Noticias, las principales cabeceras gratuitas (20 Minutos, Qué! y ADN) han perdido un 23,4% de lectores en la última oleada.

Y así el resto de medios. La Vanguardia, ajena a descensos en ventas, se erige como la más leída en Cataluña, El País como el diario nacional más leído en Euskadi, del mismo modo que El Correo (como diario no nacional), etc. En definitiva, omisiones. Y las más importantes, aquellas que seguramente indignarán a los empleados de sus plantillas: los despidos, reestructuraciones de plantilla, ERES temporales o definitivos, cierres de emisoras, etc. Tanto El País, como El Mundo, como La Vanguardia, como Público y como casi todos los medios de comunicación representados en ese estudio (del que no forma parte ABC Punto Radio, que cerró varias emisoras hace pocos meses) han recortado sus plantillas y mantienen sueldos irrisorios para periodistas que se dejan la piel en ellos. Pero de eso no hay constancia, ni en un estudio tan manipulable como el EGM ni en la propia información. Dime de qué presumes, y te diré de qué careces.

5 dic 2011

Vida, muerte y no-existencia


Hace ya varios meses que me planteo escribir, aunque sea para autoconsumo, algo que deje constancia de la crisis existencial que arrastro desde hace tiempo. No, no es debido a la crisis, a la pésima situación laboral con la que me he encontrado al salir de la carrera o a la incertidumbre del futuro de España o la humanidad. Sino a las preguntas sin respuesta sobre la vida misma, la existencia y la muerte.

Evidentemente, como cualquier ser humano desde que adquiere consciencia, me he preguntado una y mil veces sobre de dónde venimos, adónde vamos y por qué estamos donde estamos. Pero fue este verano, durante una conversación -muy alegre ella- sobre seguros mortuorios, entierros e incineraciones, cuando me dí verdaderamente cuenta de que todos vamos a morir. Sí, siempre lo he sabido, pero la sociedad intenta ignorar -no sé con qué fin, si puramente inconsciente o si hay algún interés consumista o estatal para que no nos relajemos y vivamos la vida en plenitud- con miles de entretenimientos ese hecho, igual que parece obviar que en algún momento envejeceremos. Como escuché hace tiempo, se nos prepara para estudiar, para trabajar, para formar una familia, para educar a nuestros hijos, etc., pero no para envejecer y morir.

A lo que iba. Durante esa noche de agosto, la verdad cayó sobre mí como el plomo. Y, desde entonces, no he dejado de replanteármelo todo. Siempre he creído y creo en un Dios, una inteligencia creadora a la que como humanos no podemos llegar a entender; pero también me planteo si después de la muerte, no habrá más que nada, que no-existencia, que la misma oscuridad e inconsciencia que había antes de que naciéramos. Lo más importante, desde mi punto de vista, no es eso que llamamos "alma", sino la consciencia; el saber que existimos (como decía Descartes, "pienso, luego existo"), los recuerdos y todo lo almacenado durante una vida. No me importa si tras la muerte sólo queda eso, la consciencia, mientras mis partículas pasan a formar parte del todo (como sucedía en esa gran aunque menospreciada saga literaria -con su incursión fracasada en el cine- llamada La Materia Oscura de Philip Pullman). Al menos sabré que mi vida ha tenido un sentido y la mantendré conmigo. Del mismo modo, ¿qué sucede con aquellos seres que no llegan a desarrollar consciencia -bebés, animales, etc.- o los que la pierden -ancianos seniles-? Lo peor, evidentemente, sería la total oscuridad, la no-existencia; ¿qué sentido tiene algo si luego desaparece por completo, si nisiquiera ese algo lo recuerda?

Nunca he creído que la Existencia (con mayúsculas) sea fruto de la casualidad: puede que nosotros seamos casualidades, que casualmente un planeta disponga de las condiciones necesarias para que unas células evolucionen hasta dar con una máquina tan perfecta como el ser humano. Pero ¿y el universo? ¿Pueden millones y millones de galaxias, en un espacio infinito (tampoco creo que los humanos podamos comprender el término "infinito") estar ahí porque sí, con movimientos y operaciones matemáticas? ¿En ese caso, no hubiera sido más fácil que no existiera nada? Eso me hace plantearme otra cosa más, que me aboca al vértigo: ¿qué habría si no hubiera nada? ¿si no existiera tal universo? ¿qué es la nada? ¿nos vamos a esa nada después de morir? Y ya puestos, ¿existen las realidades paralelas? No un Star Gate, sino diferentes planos de existencia, millones de ellos.

Si alguien ha llegado hasta aquí: no, no me he fumado ni tomado nada raro (odio el tabaco); ni siquiera he visto Redes o algún extraño programa de La2. Es lo que tiene darle vueltas a la mente. A veces preferiría no tener tantas preocupaciones vitales y vivir lo terrenal sin cuestionarme nada; creer en alguna de las religiones con fe ciega y sonreír el último día de mi vida esperando a recibir el Reino de los Cielos, el Nirvana o los diferentes paraísos profetizados. Pero no es esa mi situación. Así que me digo a mí mismo que la única respuesta es la de vivir cada segundo de la vida, disfrutar de las personas con las que hemos tenido la suerte de coincidir en esta vida (familia, amigos, animales) y que venga lo que tenga que venir.

16 nov 2011

La tiranía de los anunciantes


Hace unos días daba mi humilde opinión sobre el caso de la entrevista a la madre de "el Cuco" (cómplice y encubridor del asesinato de Marta del Castillo, presuntamente) en La Noria, de la falta de ética al pagar a semejante personaje y la presión que habían recibido los anunciantes para que dejaran de anunciarse en el espacio de Telecinco. Hasta cierto punto, comprendía ese castigo, aunque creía que sería algo temporal y simbólico. Por supuesto, nunca he considerado ese gesto como un acto de confraternización de Puleva, Campofrío o Vodafone para con la familia de Marta del Castillo o la sociedad española; más bien se vieron entre la espada y la pared y, ya puestos, tuvieron una excusa perfecta para no gastar más en comunicación, en estos tiempos tan duros.

Sin embargo, ahora empiezo a tener serias dudas sobre el papel de los anunciantes en los medios de comunicación. No me gustó nada el discurso grandilocuente de Jordi González aferrándose a la libertad de expresión y de información para defender el pago a una pseudodelincuente. Pero tampoco la tiranía a la que las empresas ajenas al periodismo mantienen a las empresas informativas. Está claro que Telecinco no es la BBC o el New York Times, pero ¿acaso no son libres de emitir lo que les apetezca? Siempre he considerado que la telebasura, como la comida basura (léase McDonalds o Burger King) no hacen daño si se ingieren en pequeñas dosis; en otras palabras, ver un rato Sálvame, Gran Hermano o el reality de turno es perfectamente compatible con leer a Proust, a Milton y a los filósofos griegos. Pero ese no es el tema. Lo grave del asunto, a mi parecer, es que si a una serie de anunciantes no les gusta -por el motivo que sea- el contenido en el cual se anuncian, el medio de comunicación en cuestión tiene que adaptarse y ofrecerle otro, como un mayordomo que muestra diferentes tés a su amo. ¿Es esto libertad de información? Evidentemente no.

Que los anunciantes y la publicidad en general condicionan los contenidos informativos es bien conocido. Por eso las televisiones, radios o periódicos nacionales nunca hablarán mal de Telefónica, Vodafone, L'Oréal o El Corte Inglés. Es una influencia pasiva: "yo me anuncio y tú me respetas". Pero el caso de La Noria incluye ya una influencia activa sobre el programa: "no me gusta lo que haces y o lo cambias o me voy". Aunque en ese caso, viendo el origen del problema, debería ser "de cara al público no me conviene anunciarme en tu programa y o lo cambias o me voy". En cualquier caso, los anunciantes han dejado K.O. al espacio que conduce Jordi González que, sea del color que sea, tiene tanto derecho a estar ahí como nosotros tenemos el derecho de verlo o no.

La situación de La Noria -y, por tanto, en Telecinco-, es difícil, como informa Vertele.com. Con o sin razón, desde la cadena de Fuencarral se alude a teorías conspirativas, en las que podría tener algo que ver Antena 3 u otros grupos mediáticos rivales a Mediaset. En todo caso, la situación es difícil, pues sin anunciantes no hay programa, y cada programa lo forman un centenar de profesionales. Lo curioso de todo esto es, sin embargo, que esas mismas empresas sí se siguen anunciando en aquellos espacios en los que se entrevista a Julián Muñoz, a imputados en casos de corrupción, en programas donde participan ladrones históricos como El Dioni o, ya puestos, a descendientes del Caudillo.

Hipocresía y más hipocresía.

6 nov 2011

¿Pagar o no pagar a delincuentes?


Vuelvo a hablar, después de tanto tiempo, de periodismo en La Trastienda (que para eso se apellida "del Periodista", aunque más bien sea la de mi mente incansable y a veces paranoica). Pero creo que la ocasión lo merece. La entrevista a la madre de Javier "el Cuco" en el programa de Telecinco La Noria ha vuelto a poner sobre la mesa términos como "ética", "libertad de expresión" o "interés público". No sólo eso: muchos anunciantes del espacio presentado por Jordi González han decidido no volver a publicitarse en La Noria, ya que el dinero que pagaron a la cadena de Fuencarral fue a parar, indirectamente, a las manos de la madre de un (presunto) cómplice de asesinato y, sobre todo, de un niñato que está tomándole el pelo a la justicia española.

De esta forma, las marcas L'Oreal, Vodafone, Campofrío, Puleva, Bayer, Nestlé, Panrico, Milner, Banco Sabadell, La Razón y Reale Seguros han prometido no volver a anunciarse en La Noria y, de paso, han quedado como solidarias y comprometidas, cual mujer engañada y enfadada. Por su parte, el programa de Telecinco (con sus tintes de pseudointelectualismo, amarillismo fosforescente y discursos grandilocuentes por parte de su presentador) ha tenido que justificarse, aferrándose a la libertad de expresión y la necesidad del público de conocer la opinión de todos los protagonistas de una noticia. En definitiva, Jordi González y su equipo han intentado aparecer (y parece que ellos sí se lo han creído) como grandes mártires de la información. El aplauso (guiado por el regidor) del público ha sellado su emotivo discurso, con subidas de tono al más puro estilo Escarlata O'Hara, con zoom al rostro severo de Jordi y con un compendio de imágenes de entrevistados en el programa por detrás.

Desde mi punto de vista, tanto anunciantes como La Noria están manipulando y defendiendo algo indefendible. Por una parte, los anunciantes no han optado por romper con el programa de La Fábrica de la Tele porque hayan recibido un baño de conciencia y solidaridad para con la familia Del Castillo después de la entrevista a la madre del nuevo pelo Pantene 2011. Ha sido un individuo el que, utilizando su blog, ha forzado a las grandes empresas ha no colaborar en ese tipo de circos lamentables. Como cuenta Vertele.com, fue Pablo Herreros (¿por qué ese apellido y otras derivaciones tienen tanta presencia en el periodismo?) el que inició desde su blog "Comunicación se llama el juego" una estrategia popular para presionar a los anunciantes que se habían anunciado ese sábado en La Noria y conseguir que retiraran su dinero en las próximas emisiones. A través de cartas firmadas por los voluntarios y dirigidas a estas empresas, consiguió que poco a poco las compañías fuesen anunciando el cese de su publicidad en dicho espacio. En resumen: se han visto obligadas.
Por otra parte, La Noria y su presentador han vuelto a hacer gala del tradicional cinismo telecinquero. No todo se puede amparar en la libertad de información. Evidentemente, se puede -y a veces se debe- conocer la opinión de todas las partes de una noticia: víctimas, culpables, testigos, etc. Por lo que, desde mi punto de vista, no está éticamente mal que La Noria entrevistase a la madre de un criminal. Lo que es sucio es que el programa le pagara. No importa la cantidad -se barajaban unos 10.000 euros-, sino el hecho de que para obtener la información de alguien que se está mofando de la justicia se tengan que poner billetes sobre la mesa. No sé si ingenuamente, pero en la carrera de periodismo nos recomendaban no pagar por la información, ya que así se puede acabar intercediendo en la calidad de ésta. O, en este caso, se colabore con acciones ilegales y delincuentes. Lo mismo ocurre con personajes de la talla de Julián Muñoz y otros implicados en tramas de corrupción: ¿no han hecho ya bastante que encima se les ha de pagar? También en este caso, Jordi González recibía al exalcalde de Marbella hace unos años con una sonrisa y una delicadeza que no tiene con muchos de los otros personajillos que pasan por su programa y cuyos únicos "crímenes" son hacer tal o cual montaje. Todos hubiéramos deseado entrevistar a Bin Laden, pero en el momento en que se le pagara dinero por sus palabras, esta información estaría manchada, enmierdada y, tanto en el caso del difunto líder de Al Qaeda como en el de "el Cuco", llenas de sangre.

27 oct 2011

¿Quién nos obliga a hacer un máster?

Hoy en día, tal como está la situación económica, los jóvenes -y no tan jóvenes- licenciados (aquí entran ya diplomados, graduados y todas las posibles variantes) universitarios nos planteamos qué hacer después de la carrera. "Trabajar" decimos la inmensa mayoría, pero la realidad no nos lo pone demasiado fácil. "Seguir estudiando" parece ser la respuesta casi obligada que muchos nos vemos obligados a pronunciar. Desde ministros, hasta sociólogos, pasando por nuestros contactos más cercanos o aquellos que menos nos conocen, todos parecen estar tocados por alguna gracia ancestral que les dá potestad para aconsejarnos seguir formándonos. Por supuesto, el conocimiento no ocupa lugar y la propia vida es un proceso de aprendizaje. Pero si optamos por seguir estudiando no es porque no nos apetezca trabajar, sino porque no nos queda otra.

Ahora bien, la siguiente pregunta es: "¿Qué estudio ahora?"; cursos gratuitos para desempleados, másteres universitarios, expertos, diplomas, talleres... La respuesta puede ser infinita. Pero sin nunguna duda, una que cada vez ha ido ganando peso es la de los másteres. De 2007 para este tiempo la palabra máster ha pasado de ser un complemento voluntario que unos pocos adquirían para perfeccionar sus conocimientos a una obligación para cualquier titulado universitario. ¿Acaso los años de carrera no han servido para nada? Sí, seguramente han servido, pero igual que Steve Jobs y otros genios informáticos crearon necesidades para satisfacerlas con sus propios productos, la Universidad española (supongo que siguiendo el ejemplo europeo) ha creado en nosotros, los titulados, la necesidad de cursar algún tipo de educación de postgrado para "ser más competitivo", "homologarnos a Europa", "especializarnos" o alguna de las demás parafernalias dialécticas que tanto gustan a decanos, rectores, ministros y políticos en general.

"Está bien, estudio un máster pero, ¿cuál?" es la siguiente pregunta. La respuesta en ese sentido se expande aún más, tanto que hasta el propio Stephen Hawking se haría "la picha un lío". Relacionado con tu carrera, para especializarse, o de otro campo, para diversificarse. Uno eminentemente práctico o de cariz investigativo. Uno oficial o uno propio. Las combinaciones pueden ser cientos. En resumidas cuentas, podemos optar, en primer lugar, por másteres oficiales: aquellos que, impartidos por centros públicos o privados, cuentan con la homologación de ANECA y, por tanto, adaptado al plan Europeo de Educación Superior -comunmente conocido como el Plan Bolonia. Este tipo de másteres, cuando se imparten en centros públicos, deben estar sujetos a unos precios públicos establecidos por la respectiva comunidad autónoma, aunque normalmente rondan los 1.700 euros por curso (y suelen ser de un curso o 60 créditos). Los centros privados, por su parte, pueden establecer el precio que les plazca. Como ejemplos -de los que yo he investigado-, el interesado en un máster de periodismo podrá optar desde el máster oficial de periodismo multimedia profesional de la UCM de 1700 euros, hasta el máster de periodismo de Unidad Editorial-El Mundo, que asciende a unos 11.000 euros.
Por otra parte, encontramos los másteres propios, cuyo plan ha sido diseñado por cada centro -públicos o privados- y por tanto no tienen obligación de establecer un precio concreto. En este caso, los precios de universidades públicas son tan altos como los de las privadas.

"¿Y para qué me servirá un máster?". A esa respuesta todavía no he llegado. Después de un año buscando y rebuscando másteres asequibles, con buen programa y contenido práctico, sólo puedo decir que sirven para contar con un arma más en la jungla del mercado laboral. Los contactos -y enchufes- son primordiales para encontrar un trabajo; pero aquellas extrañas empresas o entidades que se dejen llevar por el currículum del candidato, seguramente habrán sido adoctrinadas, como el resto de mundo estudiantil, en la imperiosa necesidad de cursar un máster y hacerlo patente en el CV. En otras palabras: como todo el mundo acabará por tener uno, hay que estudiar un máster.

¿Y todo este rollo a qué ha venido? Pues, como todo lo que hay en este blog (qué aburrido debe ser para alguien que no sea yo...) porque me preocupa personalmente. En pocos días empezaré un máster oficial en Estudios Europeos de la Universidad de Sevilla (con la ingenua ilusión de que, algún día, me pueda servir para informar de temas europeos o, simplemente, políticos y económicos) y, día sí día también, me planteo si me servirá de algo en el futuro. Por supuesto, para saber más, que nunca viene mal. Pero, sinceramente, lo hago porque no hay un hueco para mí en este mundillo; porque las empresas ni siquiera quieren contratar a semi-esclavos por 400 míseros euros al mes; porque la fábrica en la que se ha convertido la Universidad produce muchos más licenciados de los que el mercado es capaz de absorber y, a la vez, los obliga a volver a su seno para dejarse otros miles de euros en ella y poder presumir de sus muchos másteres y sus muchos campus de excelencia; porque desde pequeño crees que después de la Universidad trabajarás como tus padres y ahora nos encontramos con este temporal. En resumen, en este momento, con el título de licenciado todavía en el horno (o en la Zarzuela, como se suele decir), hago un máster porque me obliga el sistema educativo que entre todos se han encargado de construir. En cualquier caso, espero aprender lo máximo posible y que me abra las puertas que de momento me ha cerrado el periodismo convencional.

11 sept 2011

10 años después


Supongo que es una sensación universal: cuando eres pequeño, los años se suceden mucho más lentos y, a medida que creces, el tiempo se acelera. Al menos así lo siento hoy, diez años después del atentado del 11-S en el World Trade Center. De 2001 a 2011 el tiempo parece haberse acortado, comprimido, acelerado. Los recuerdos están más frescos y todavía no adquieren ese tono amarillento, borroso y nostálgico de la niñez. Lo vivido desde entonces, durante estos diez años, todavía sigue siendo cosa del presente; algo actual, reciente. Con 14 años -los que tenía yo aquel horrible 11-S- pensar en la década anterior era remontarse a tiempos casi ancestrales, que se sumergían en la más primaria infancia hasta perderse de vista. La comunión de mi hermana, las Olimpíadas de Barcelona, la muerte de mi abuela, los regalos de Reyes Magos... Eran algo muy lejano y borroso. Sin embargo, ahora pienso en 2001 y lo siento mucho más cerca y vívido.

Como siempre que sucede algo importante, recuerdo prácticamente todo aquel 11-S. Pocos días antes de comenzar 3º de ESO, aprovechando los últimos días de sueño hasta las tantas, desde mi habitación escuché a mi padre y mi hermana comentando las últimas noticias de la tele, desde la que la voz de Matías Prats relataba algo con su característico tono de sorpresa. Según mi padre, una avioneta se había estrellado contra una de las Torres Gemelas. Después vino aquella frase: "un segundo avión". No era casualidad. A partir de ahí, durante todo el día, la televisión fue una ventana al mundo gracias a la cual todos éramos Nueva York. Para que luego la critiquen. En mi memoria quedan aquellos informativos eternos, sin publicidad, en los que Àngels Barceló, Matías Prats, Ana Blanco y otros periodistas demostraron lo grande que puede ser el periodismo y lo grandes que son ellos mismos. Sin apenas nuevos datos, sólo con las terribles imágenes de las Torres derrumbándose, el Pentágono en llamas y el avión de Pennsylvania estrellado, fueron capaces de mantenerse delante de una cámara sin dejar de hablar ni un minuto.

Lo que vino después, todos lo sabemos. Muertes, culpables, sed de venganza y dolor, mucho dolor. No sé los demás -EEUU siempre ha tenido muchos detractores- pero durante aquel día tuve la impresión de que, al ver el dolor de los estadounidenses, todo el mundo -al menos Occidente- éramos un poquito norteamericanos. Al menos yo, sentía aquel ataque como un ataque a nosotros mismos, a Europa, a España y a ese mundo surgido de la Ilustración, la Revolución francesa, la Revolución norteamericana, las dos Guerras Mundiales, la Guerra Fría y la paz actual (entre nosotros). Una ofensa a nuestros valores -buenos o no, pero nuestros- y nuestra civilización. Y a nuestros conciudadanos.

Seguramente será por mi anglosajonfilia (no sé si existe ese término) y mi admiración por Estados Unidos -posiblemente consecuencia del imperialismo cultural al que nos han sometido desde hace décadas, pero al fin y al cabo, los admiro-, cada vez que veo las imágenes de las Torres cayendo y los ciudadanos gritando, se me encoge el estómago como lo hacía en 2001.

Quién nos iba a decir a nosotros, españoles, alejados de este tipo de sucesos internacionales, que sólo tres años y medio después, Madrid sentiría el dolor en sus propias entrañas.


3 sept 2011

Los Belenazos


Más de un 20 por ciento de la audiencia volvió a interesarse anoche por la enésima discusión entre Belén Esteban, garrapata televisiva donde las haya, y su marido. La suburbial pareja vuelve a distanciarse por culpa de amistades de una parte, recriminaciones de otra, dinero y fama. ¿Pero la noticia era nueva? ¿No ocurrió algo parecido hace pocos meses? De hecho, ¿no ha sucedido ya varias veces? Sí. Y algo hace pensar que las discusiones, rupturas, lunas de miel y exclusivas de la pareja, del mánager y del programa en general no son, ni mucho menos, casuales.

Algunos portales web dedicados a la televisión, como Vertele.com o Formulatv.com han denominado a estas exclusivas cíclicas de la incombustible ex de Jesulín como "belenazos". Dícese de aquella polémica relacionada con la Esteban y avivada hasta la saciedad por el programa Sálvame que desemboca en una supuesta exclusiva en su versión nocturna, previo anuncio por parte de la cadena y de todos sus programas. Además, a esa exclusiva le preceden varios días o incluso semanas de ausencia de la madre de Andreíta, para hacer si cabe del regreso de Belén un momento presuntamente ansiado por la audiencia. ¿Ejemplos? La operación estética (terrible obra del Dr. Vila-Rovira), la infidelidad de Fran, la respuesta a las declaraciones de María José Campanario, la ruptura veraniega con su marido y otros muchos, siempre relacionados con Jesulín, Andreíta, Campanario o su entorno.

¿Los artífices? Dos hipótesis: la primera, que bajo esa capa de silicona, narices de pega y ojeras haya una cabeza pensante que ha sabido mantenerse en la televisión sin ningún tipo de mérito por más de diez años. La segunda, que ella no sea sino una simple marioneta al servicio de su representante, de su programa, de la productora y de la cadena para la que trabaja. En todo caso, un fenómeno televisivo tan estrujado tiene muchas papeletas de acabar seco, desgastado y tirado en un contenedor. Aunque más de dos millones de personas siguen preocupadas por sus idas y venidas...
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