5 dic 2011

Vida, muerte y no-existencia


Hace ya varios meses que me planteo escribir, aunque sea para autoconsumo, algo que deje constancia de la crisis existencial que arrastro desde hace tiempo. No, no es debido a la crisis, a la pésima situación laboral con la que me he encontrado al salir de la carrera o a la incertidumbre del futuro de España o la humanidad. Sino a las preguntas sin respuesta sobre la vida misma, la existencia y la muerte.

Evidentemente, como cualquier ser humano desde que adquiere consciencia, me he preguntado una y mil veces sobre de dónde venimos, adónde vamos y por qué estamos donde estamos. Pero fue este verano, durante una conversación -muy alegre ella- sobre seguros mortuorios, entierros e incineraciones, cuando me dí verdaderamente cuenta de que todos vamos a morir. Sí, siempre lo he sabido, pero la sociedad intenta ignorar -no sé con qué fin, si puramente inconsciente o si hay algún interés consumista o estatal para que no nos relajemos y vivamos la vida en plenitud- con miles de entretenimientos ese hecho, igual que parece obviar que en algún momento envejeceremos. Como escuché hace tiempo, se nos prepara para estudiar, para trabajar, para formar una familia, para educar a nuestros hijos, etc., pero no para envejecer y morir.

A lo que iba. Durante esa noche de agosto, la verdad cayó sobre mí como el plomo. Y, desde entonces, no he dejado de replanteármelo todo. Siempre he creído y creo en un Dios, una inteligencia creadora a la que como humanos no podemos llegar a entender; pero también me planteo si después de la muerte, no habrá más que nada, que no-existencia, que la misma oscuridad e inconsciencia que había antes de que naciéramos. Lo más importante, desde mi punto de vista, no es eso que llamamos "alma", sino la consciencia; el saber que existimos (como decía Descartes, "pienso, luego existo"), los recuerdos y todo lo almacenado durante una vida. No me importa si tras la muerte sólo queda eso, la consciencia, mientras mis partículas pasan a formar parte del todo (como sucedía en esa gran aunque menospreciada saga literaria -con su incursión fracasada en el cine- llamada La Materia Oscura de Philip Pullman). Al menos sabré que mi vida ha tenido un sentido y la mantendré conmigo. Del mismo modo, ¿qué sucede con aquellos seres que no llegan a desarrollar consciencia -bebés, animales, etc.- o los que la pierden -ancianos seniles-? Lo peor, evidentemente, sería la total oscuridad, la no-existencia; ¿qué sentido tiene algo si luego desaparece por completo, si nisiquiera ese algo lo recuerda?

Nunca he creído que la Existencia (con mayúsculas) sea fruto de la casualidad: puede que nosotros seamos casualidades, que casualmente un planeta disponga de las condiciones necesarias para que unas células evolucionen hasta dar con una máquina tan perfecta como el ser humano. Pero ¿y el universo? ¿Pueden millones y millones de galaxias, en un espacio infinito (tampoco creo que los humanos podamos comprender el término "infinito") estar ahí porque sí, con movimientos y operaciones matemáticas? ¿En ese caso, no hubiera sido más fácil que no existiera nada? Eso me hace plantearme otra cosa más, que me aboca al vértigo: ¿qué habría si no hubiera nada? ¿si no existiera tal universo? ¿qué es la nada? ¿nos vamos a esa nada después de morir? Y ya puestos, ¿existen las realidades paralelas? No un Star Gate, sino diferentes planos de existencia, millones de ellos.

Si alguien ha llegado hasta aquí: no, no me he fumado ni tomado nada raro (odio el tabaco); ni siquiera he visto Redes o algún extraño programa de La2. Es lo que tiene darle vueltas a la mente. A veces preferiría no tener tantas preocupaciones vitales y vivir lo terrenal sin cuestionarme nada; creer en alguna de las religiones con fe ciega y sonreír el último día de mi vida esperando a recibir el Reino de los Cielos, el Nirvana o los diferentes paraísos profetizados. Pero no es esa mi situación. Así que me digo a mí mismo que la única respuesta es la de vivir cada segundo de la vida, disfrutar de las personas con las que hemos tenido la suerte de coincidir en esta vida (familia, amigos, animales) y que venga lo que tenga que venir.

16 nov 2011

La tiranía de los anunciantes


Hace unos días daba mi humilde opinión sobre el caso de la entrevista a la madre de "el Cuco" (cómplice y encubridor del asesinato de Marta del Castillo, presuntamente) en La Noria, de la falta de ética al pagar a semejante personaje y la presión que habían recibido los anunciantes para que dejaran de anunciarse en el espacio de Telecinco. Hasta cierto punto, comprendía ese castigo, aunque creía que sería algo temporal y simbólico. Por supuesto, nunca he considerado ese gesto como un acto de confraternización de Puleva, Campofrío o Vodafone para con la familia de Marta del Castillo o la sociedad española; más bien se vieron entre la espada y la pared y, ya puestos, tuvieron una excusa perfecta para no gastar más en comunicación, en estos tiempos tan duros.

Sin embargo, ahora empiezo a tener serias dudas sobre el papel de los anunciantes en los medios de comunicación. No me gustó nada el discurso grandilocuente de Jordi González aferrándose a la libertad de expresión y de información para defender el pago a una pseudodelincuente. Pero tampoco la tiranía a la que las empresas ajenas al periodismo mantienen a las empresas informativas. Está claro que Telecinco no es la BBC o el New York Times, pero ¿acaso no son libres de emitir lo que les apetezca? Siempre he considerado que la telebasura, como la comida basura (léase McDonalds o Burger King) no hacen daño si se ingieren en pequeñas dosis; en otras palabras, ver un rato Sálvame, Gran Hermano o el reality de turno es perfectamente compatible con leer a Proust, a Milton y a los filósofos griegos. Pero ese no es el tema. Lo grave del asunto, a mi parecer, es que si a una serie de anunciantes no les gusta -por el motivo que sea- el contenido en el cual se anuncian, el medio de comunicación en cuestión tiene que adaptarse y ofrecerle otro, como un mayordomo que muestra diferentes tés a su amo. ¿Es esto libertad de información? Evidentemente no.

Que los anunciantes y la publicidad en general condicionan los contenidos informativos es bien conocido. Por eso las televisiones, radios o periódicos nacionales nunca hablarán mal de Telefónica, Vodafone, L'Oréal o El Corte Inglés. Es una influencia pasiva: "yo me anuncio y tú me respetas". Pero el caso de La Noria incluye ya una influencia activa sobre el programa: "no me gusta lo que haces y o lo cambias o me voy". Aunque en ese caso, viendo el origen del problema, debería ser "de cara al público no me conviene anunciarme en tu programa y o lo cambias o me voy". En cualquier caso, los anunciantes han dejado K.O. al espacio que conduce Jordi González que, sea del color que sea, tiene tanto derecho a estar ahí como nosotros tenemos el derecho de verlo o no.

La situación de La Noria -y, por tanto, en Telecinco-, es difícil, como informa Vertele.com. Con o sin razón, desde la cadena de Fuencarral se alude a teorías conspirativas, en las que podría tener algo que ver Antena 3 u otros grupos mediáticos rivales a Mediaset. En todo caso, la situación es difícil, pues sin anunciantes no hay programa, y cada programa lo forman un centenar de profesionales. Lo curioso de todo esto es, sin embargo, que esas mismas empresas sí se siguen anunciando en aquellos espacios en los que se entrevista a Julián Muñoz, a imputados en casos de corrupción, en programas donde participan ladrones históricos como El Dioni o, ya puestos, a descendientes del Caudillo.

Hipocresía y más hipocresía.

6 nov 2011

¿Pagar o no pagar a delincuentes?


Vuelvo a hablar, después de tanto tiempo, de periodismo en La Trastienda (que para eso se apellida "del Periodista", aunque más bien sea la de mi mente incansable y a veces paranoica). Pero creo que la ocasión lo merece. La entrevista a la madre de Javier "el Cuco" en el programa de Telecinco La Noria ha vuelto a poner sobre la mesa términos como "ética", "libertad de expresión" o "interés público". No sólo eso: muchos anunciantes del espacio presentado por Jordi González han decidido no volver a publicitarse en La Noria, ya que el dinero que pagaron a la cadena de Fuencarral fue a parar, indirectamente, a las manos de la madre de un (presunto) cómplice de asesinato y, sobre todo, de un niñato que está tomándole el pelo a la justicia española.

De esta forma, las marcas L'Oreal, Vodafone, Campofrío, Puleva, Bayer, Nestlé, Panrico, Milner, Banco Sabadell, La Razón y Reale Seguros han prometido no volver a anunciarse en La Noria y, de paso, han quedado como solidarias y comprometidas, cual mujer engañada y enfadada. Por su parte, el programa de Telecinco (con sus tintes de pseudointelectualismo, amarillismo fosforescente y discursos grandilocuentes por parte de su presentador) ha tenido que justificarse, aferrándose a la libertad de expresión y la necesidad del público de conocer la opinión de todos los protagonistas de una noticia. En definitiva, Jordi González y su equipo han intentado aparecer (y parece que ellos sí se lo han creído) como grandes mártires de la información. El aplauso (guiado por el regidor) del público ha sellado su emotivo discurso, con subidas de tono al más puro estilo Escarlata O'Hara, con zoom al rostro severo de Jordi y con un compendio de imágenes de entrevistados en el programa por detrás.

Desde mi punto de vista, tanto anunciantes como La Noria están manipulando y defendiendo algo indefendible. Por una parte, los anunciantes no han optado por romper con el programa de La Fábrica de la Tele porque hayan recibido un baño de conciencia y solidaridad para con la familia Del Castillo después de la entrevista a la madre del nuevo pelo Pantene 2011. Ha sido un individuo el que, utilizando su blog, ha forzado a las grandes empresas ha no colaborar en ese tipo de circos lamentables. Como cuenta Vertele.com, fue Pablo Herreros (¿por qué ese apellido y otras derivaciones tienen tanta presencia en el periodismo?) el que inició desde su blog "Comunicación se llama el juego" una estrategia popular para presionar a los anunciantes que se habían anunciado ese sábado en La Noria y conseguir que retiraran su dinero en las próximas emisiones. A través de cartas firmadas por los voluntarios y dirigidas a estas empresas, consiguió que poco a poco las compañías fuesen anunciando el cese de su publicidad en dicho espacio. En resumen: se han visto obligadas.
Por otra parte, La Noria y su presentador han vuelto a hacer gala del tradicional cinismo telecinquero. No todo se puede amparar en la libertad de información. Evidentemente, se puede -y a veces se debe- conocer la opinión de todas las partes de una noticia: víctimas, culpables, testigos, etc. Por lo que, desde mi punto de vista, no está éticamente mal que La Noria entrevistase a la madre de un criminal. Lo que es sucio es que el programa le pagara. No importa la cantidad -se barajaban unos 10.000 euros-, sino el hecho de que para obtener la información de alguien que se está mofando de la justicia se tengan que poner billetes sobre la mesa. No sé si ingenuamente, pero en la carrera de periodismo nos recomendaban no pagar por la información, ya que así se puede acabar intercediendo en la calidad de ésta. O, en este caso, se colabore con acciones ilegales y delincuentes. Lo mismo ocurre con personajes de la talla de Julián Muñoz y otros implicados en tramas de corrupción: ¿no han hecho ya bastante que encima se les ha de pagar? También en este caso, Jordi González recibía al exalcalde de Marbella hace unos años con una sonrisa y una delicadeza que no tiene con muchos de los otros personajillos que pasan por su programa y cuyos únicos "crímenes" son hacer tal o cual montaje. Todos hubiéramos deseado entrevistar a Bin Laden, pero en el momento en que se le pagara dinero por sus palabras, esta información estaría manchada, enmierdada y, tanto en el caso del difunto líder de Al Qaeda como en el de "el Cuco", llenas de sangre.

27 oct 2011

¿Quién nos obliga a hacer un máster?

Hoy en día, tal como está la situación económica, los jóvenes -y no tan jóvenes- licenciados (aquí entran ya diplomados, graduados y todas las posibles variantes) universitarios nos planteamos qué hacer después de la carrera. "Trabajar" decimos la inmensa mayoría, pero la realidad no nos lo pone demasiado fácil. "Seguir estudiando" parece ser la respuesta casi obligada que muchos nos vemos obligados a pronunciar. Desde ministros, hasta sociólogos, pasando por nuestros contactos más cercanos o aquellos que menos nos conocen, todos parecen estar tocados por alguna gracia ancestral que les dá potestad para aconsejarnos seguir formándonos. Por supuesto, el conocimiento no ocupa lugar y la propia vida es un proceso de aprendizaje. Pero si optamos por seguir estudiando no es porque no nos apetezca trabajar, sino porque no nos queda otra.

Ahora bien, la siguiente pregunta es: "¿Qué estudio ahora?"; cursos gratuitos para desempleados, másteres universitarios, expertos, diplomas, talleres... La respuesta puede ser infinita. Pero sin nunguna duda, una que cada vez ha ido ganando peso es la de los másteres. De 2007 para este tiempo la palabra máster ha pasado de ser un complemento voluntario que unos pocos adquirían para perfeccionar sus conocimientos a una obligación para cualquier titulado universitario. ¿Acaso los años de carrera no han servido para nada? Sí, seguramente han servido, pero igual que Steve Jobs y otros genios informáticos crearon necesidades para satisfacerlas con sus propios productos, la Universidad española (supongo que siguiendo el ejemplo europeo) ha creado en nosotros, los titulados, la necesidad de cursar algún tipo de educación de postgrado para "ser más competitivo", "homologarnos a Europa", "especializarnos" o alguna de las demás parafernalias dialécticas que tanto gustan a decanos, rectores, ministros y políticos en general.

"Está bien, estudio un máster pero, ¿cuál?" es la siguiente pregunta. La respuesta en ese sentido se expande aún más, tanto que hasta el propio Stephen Hawking se haría "la picha un lío". Relacionado con tu carrera, para especializarse, o de otro campo, para diversificarse. Uno eminentemente práctico o de cariz investigativo. Uno oficial o uno propio. Las combinaciones pueden ser cientos. En resumidas cuentas, podemos optar, en primer lugar, por másteres oficiales: aquellos que, impartidos por centros públicos o privados, cuentan con la homologación de ANECA y, por tanto, adaptado al plan Europeo de Educación Superior -comunmente conocido como el Plan Bolonia. Este tipo de másteres, cuando se imparten en centros públicos, deben estar sujetos a unos precios públicos establecidos por la respectiva comunidad autónoma, aunque normalmente rondan los 1.700 euros por curso (y suelen ser de un curso o 60 créditos). Los centros privados, por su parte, pueden establecer el precio que les plazca. Como ejemplos -de los que yo he investigado-, el interesado en un máster de periodismo podrá optar desde el máster oficial de periodismo multimedia profesional de la UCM de 1700 euros, hasta el máster de periodismo de Unidad Editorial-El Mundo, que asciende a unos 11.000 euros.
Por otra parte, encontramos los másteres propios, cuyo plan ha sido diseñado por cada centro -públicos o privados- y por tanto no tienen obligación de establecer un precio concreto. En este caso, los precios de universidades públicas son tan altos como los de las privadas.

"¿Y para qué me servirá un máster?". A esa respuesta todavía no he llegado. Después de un año buscando y rebuscando másteres asequibles, con buen programa y contenido práctico, sólo puedo decir que sirven para contar con un arma más en la jungla del mercado laboral. Los contactos -y enchufes- son primordiales para encontrar un trabajo; pero aquellas extrañas empresas o entidades que se dejen llevar por el currículum del candidato, seguramente habrán sido adoctrinadas, como el resto de mundo estudiantil, en la imperiosa necesidad de cursar un máster y hacerlo patente en el CV. En otras palabras: como todo el mundo acabará por tener uno, hay que estudiar un máster.

¿Y todo este rollo a qué ha venido? Pues, como todo lo que hay en este blog (qué aburrido debe ser para alguien que no sea yo...) porque me preocupa personalmente. En pocos días empezaré un máster oficial en Estudios Europeos de la Universidad de Sevilla (con la ingenua ilusión de que, algún día, me pueda servir para informar de temas europeos o, simplemente, políticos y económicos) y, día sí día también, me planteo si me servirá de algo en el futuro. Por supuesto, para saber más, que nunca viene mal. Pero, sinceramente, lo hago porque no hay un hueco para mí en este mundillo; porque las empresas ni siquiera quieren contratar a semi-esclavos por 400 míseros euros al mes; porque la fábrica en la que se ha convertido la Universidad produce muchos más licenciados de los que el mercado es capaz de absorber y, a la vez, los obliga a volver a su seno para dejarse otros miles de euros en ella y poder presumir de sus muchos másteres y sus muchos campus de excelencia; porque desde pequeño crees que después de la Universidad trabajarás como tus padres y ahora nos encontramos con este temporal. En resumen, en este momento, con el título de licenciado todavía en el horno (o en la Zarzuela, como se suele decir), hago un máster porque me obliga el sistema educativo que entre todos se han encargado de construir. En cualquier caso, espero aprender lo máximo posible y que me abra las puertas que de momento me ha cerrado el periodismo convencional.
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